jueves, 13 de mayo de 2010

RUTINA

El sol se levantó tímido, esa mañana, y aunque las nubes estaban enfadadas de que Lorenzo las quemara escondiéndose tras ellas, no hubo berrinche en todo el día, y como campeonas aguantaron sin hacernos abrir los paraguas. Me levanté sobre las siete y media, con esa música monótona y de notas indefinidas. Tenía cara de sueño papá cuando me dio el tazón rebosante de chocolate caliente, y tenía mamá cara de sueño cuando me dio la tostada de oro azucarado que solo las abejas saben hacer. También cuando me miraba en el espejo tenía yo cara cansada con los ojos pegados. Me peiné, o lo intenté más o menos, la masa morena y enmarañada de pelo recién levantado, me puse unos pantalones, primero las dos piernas en la misma pernera, luego atiné, no es fácil hazaña vestirse con los ojos cerrados, la blusa verde manzana me hacía parecer esa mañana una lechuga pasada, probé la azul, no quería ser un pitufo tampoco, por fin, la de rayas rosas y amarillas me convenció. Con los zapatos ya puestos y la mochila colgada por un asa en la espalda salí por la puerta. Entré en el ascensor y mire una cara en el espejo que me pareció por un momento desconocida. Al llegar al portal y salir una sonrisa de las que salen solas se me dibujó en la cara, ahora llegaba la mejor parte del día, por la calle empresarios andaban de esa manera en la que solo los empresarios andan, corriendo. Dos universitarios Erasmus acababan de salir de un pub en el que un camarero cerraba la cancela. Por fin llegué a la Gran Vía madrileña dos góticos andaban con las botas de plataforma alta haciendo ruido sobre el asfalto desgastado. Una trabajadora habría una tienda y una fila de coches se empezaba a formar montando una orquesta sin director a base de pitidos con efectos de humo incluidos por culpa de los tubos de escape. Yo miraba a todos sitios, los edificios, tan iguales y tan cambiados como ayer me encantaba hacer eso observarlo todo. Vivía en Madrid, era turista de la Gran Vía. Compré la revista de los lunes, la que nunca sabía porque compraba pero que lo hacía siempre para luego hacer solo los “test” que me parecían estúpidos , el cambió lo gasté en dos chicles de menta, uno para física y química, a primera hora único remedio de no dormir en clase, el otro para el recreo. En 15 pasos y medio llegué al metro. Bajé las escaleras y me perdí en su inmensidad, vi al mismo hombre de siempre tocando una guitarra desafinada junto con la violinista que siempre lo acompañaba y no tendría aún los veinte años, a pesar de ello, tenían una hija juntos, o una niña que lo parecía y que con una cestita entraba con una flexibilidad asombrosa en la masa de gente que entraba y salía pidiendo con cara de pena y sonrisa infantil alguna moneda.

3 comentarios:

Harry Haller dijo...

Qué bonitas mentiras, primita escritora. Siga usted esta buena senda de las letras, pues son las que iluminan la senda buena de la vida.

Muchos besos.

alberto dijo...

k guay la historia :):D:P

cecilia cisneros arenas dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.